ABRAZOS DE HADA

ABRAZOS DE HADA
ABRAZOS DE HADA                                           Ilustración de NURIA VELASCO

ABRAZOS DE HADA

A lo largo de la vida tenemos la oportunidad de representar diferentes papeles. Un día bebés… otro niños, novios, madre o padre, tal vez jefe… taxista, enfermera o piloto. Las posibilidades son infinitas, pero pocas veces tenemos la oportunidad de ser hadas.

Yo tuve esa suerte.

Fui hada por unos minutos maravillosos y todavía hoy, aunque ya pasó mucho tiempo, cuando necesito encontrar con urgencia fuerzas para enfrentar ciertas dificultades del día a día, en esas horas complicadas en las que falta inspiración o valor, suelo cerrar mis ojos y recuerdo aquellos momentos mágicos que un niño me regaló.

Evocando aquellas sensaciones me siento de nuevo poderosa, capaz, valiente y buena, tal y como cualquier hada debe sentirse. Aquel niño, llamado Daniel, tenía cuerpo de hombre cuando nos encontramos, muy alto y corpulento, casi cuarenta años y una sonrisa espectacular. Él caminaba por el mercado admirando los colores de los productos, se iba parando para acariciar el brillo de algunas latas y sonriendo con aquella boquita que tienen los niños Down hecha especialmente para besar y decir cosas cariñosas.

Yo ni me había dado cuenta de su presencia, corriendo como iba con esa prisa ridícula de las personas que trabajan, compran, cocinan y conducen como si el tiempo siempre se estuviera agotando. ¿Mi excusa? me temo que la misma que tienes tú, corremos porque es corriendo que vivimos, sin saborear. El caso es que Daniel sí se fijó en mí, a él le gustó lo que vio, unos ojos azules, un pelo largo, una falda de flores… y sin que yo lo notase se puso a seguirme.

Mientras yo iba escogiendo algunas cosas de las estanterías y colocándolas en el carrito canturreando una canción de moda, él venía siguiendo cada uno de mis pasos, hasta que paramos delante de los productos lácteos mientras yo me decidía por algunos de los sabores. Fue en ese momento que él no resistió más y alargando la mano cogió con extrema delicadeza un mechón de mi pelo con dos dedos y dio un leve tironcito esperando que yo me volviese a mirarlo con aquella carita suya sonriendo como sólo un niño de dos años sabe hacerlo.

Con todo.

Así que me volví, me di de frente con aquellos ojos brillantes y preciosos y automáticamente comprendí por qué la naturaleza hace que las personas con síndrome de Down tengan esos rasgos tan característicos, evidentemente sólo puede ser para no llevarse un bofetón en el mercado cuando les tiran a las mujeres del pelo.

Ese pensamiento divertido me iluminó por dentro e instantáneamente traté de devolver la sonrisa lo mejor posible, sabiendo que la suya era imbatible, pero intentando ofrecer una de la misma calidad dentro de mis posibilidades, mientras pensaba que así terminaría nuestro contacto humano.
Dos desconocidos que por un segundo se encuentran, se sonríen, se asoman uno dentro del otro, se tocan por dentro y sigue cada uno su camino como planetas flotantes. Pero él no pensaba igual y, sin previo aviso, hizo la pregunta más interesante que nunca alguien me había hecho en la vida: ¿Eres una mamá o un hada?

Ni siquiera dudé un segundo. De la misma manera que él me miraba esperando una respuesta, yo también lo miraba y pensé ingenuamente que diciendo “sí” le estaría regalando un instante de fantasía a un ser desfavorecido. Simplemente por jugar, porque soy una impulsiva sin freno, con voz firme y sin alterar un sólo músculo, le dije mirándolo muy calmamente:

– ¡Un hada! Claro.

La sonrisa de él se hizo aún mayor, sus ojos, por increíble que parezca, brillaron más todavía, un brillo diferente de sabiduría ancestral y respondió con una voz especial, dulce, linda y feliz:

– ¡Yo lo sabía!

Ese hubiera sido el momento perfecto para que yo sintiese vergüenza de aquella mentira mía pero él no lo permitió. Generoso y bueno, puro como era, se acercó a mí, me rodeó con sus brazos y cuidadosamente me abrazó. Apretando, saboreando el momento, oliéndome… todo con tanta suavidad y alegría como jamás nunca nadie lo había hecho ni lo haría jamás.

La vida me trajo abrazos de hombre, de amigas, de hijos, abrazos de fuego, abrazos de hola y de adiós, pero ese fue mi primer, único e irrepetible abrazo de hada. Y él, para rematar su faena, aún añadió:

– ¡Nunca había abrazado a una hada!

Yo, que debía estar lamentando haber sido tan atrevida, no tuve tiempo de nada, me entregué a su abrazo tratando de retribuirlo con todas mis ganas, completamente conquistada por aquella pureza tan llena de cariño. Fueron muchos encuentros, muchos abrazos con Daniel y su madre, Nelsa, pero forman parte de otras historias que tal vez un día cuente. Hoy quería apenas recordar aquel momento, el regalo inesperado, cuando alguien me miró con tanta ternura que se metió en mi corazón para siempre.

Y hoy es un buen día para hacerlo porque hoy hace quince años que murió.

Un día que no es como todos, es un poco más triste, porque me hace llorar al pensar que se fue el niño que sabía transformar en hadas a las mujeres del mercado.

Isabel Salas

¿Y tú? ¿Has tenido la suerte de ser abrazada por “algún” Daniel? 

¿ Has tenido la oportunidad de conocer desde dentro un ABRAZO DE HADA?

3 opiniones en “ABRAZOS DE HADA”

  1. Hermoso relató. Gracias por ver la generosidad, la pureza y el amor en sus gestos y palabras.
    Gracias por no salir corriendo y dejar entrar en tu vida un ser perfecto y sin maldad.
    Gracias por trasportar su alma inocente a ese mundo de fantasia y hacerle el mas feliz del mundo y sobretodo, gracias por compartirlo.

  2. Siempre me conmueves Isabel!
    Te confieso que algunas veces me da miedo leerte.
    No quiero llorar…me haces recordar mucho y muy adentro.
    Ese abrazo de hada es inefable.
    Gracias por tanta belleza.

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